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sábado, 31 de marzo de 2012

Una nota muy interesante y reflexiva: Los jóvenes y los juegos del hambre


Quien controla el pasado controla el futuro.
Quien controla el presente controla el pasado.
George Orwell. 1984

Una distopía es como una utopía donde todo salió mal. Mientras en las utopías los sueños sociales se materializan en forma de una civilización imaginaria más justa y culta, en una distopía lo que se concreta son pesadillas. Muchos adultos piensan que el interés por las distopías es propio de los adolescentes y jóvenes. En cierto sentido esa posición podría expresar su íntima seguridad en la expansión del presente. Ven al futuro con un lugar con razonable bienestar, estabilidad, progreso. Sin embargo, basta tomar una muestra del pasado inmediato para desmentirlos.



Las 70 millones de personas que murieron en la Segunda Guerra Mundial, las casi 24 millones que murieron en la Primera Guerra, sumado a los millones de personas que han sufrido la muerte, persecución, destrucción y sometimiento de sus vidas en otros conflictos armados en todos los continentes en los últimos 100 años, son una advertencia de que no debería darse por seguro que esas distopías totalitarias o los escenarios apocalípticos post-nucleares que cuentan libros, películas y juegos, son fantasías para adolescentes. Si se necesita una versión más histórica que las que provee la ficción para creer seriamente en la amenaza del fin del orden civilizado o directamente el fin del mundo, puede verse “The fog of the War”, el documental ganador del Oscar, en el que Robert McNamara, ex-Secretario de Defensa de EE.UU, cuenta en primera persona la desaprensiva lógica militar que llevó al mundo a estar muy cerca de un apocalipsis nuclear real en octubre de 1962.


La comida de los sobrevivientes
En el siglo XX y hasta nuestros días, las historias distópicas y apocalípticas fueron y son muy populares. Entre otras -elegidas al azar de una lista inmensa que comenzaron como libros o juegos y terminaron en el cine- podemos citar a 1984 de Orwell, Resident Evil, La carretera de Cormac McCarthy, Soy Leyenda de Richard Matheson, y actualmente en televisión la inquietante Walking Dead, que surgió de una historieta. En estas historias hay algo que hipnotiza a las audiencias. Puede ser asomarse a un mundo que sucumbió al poder insensato de una fuerza totalitaria que lo controla todo, o a gente que huye sin rumbo como consecuencia de los desastres de la guerra o por cataclismos climáticos de escala planetaria, o el interés por seguir las peripecias que vive un grupo de personas que se esconden de muertos que caminan infectados por virus que se propagan con una mordida. No importa exactamente cómo es ese mundo ni cómo se volvió así, ni cuándo empezó ese desastre, el espectador se reconoce entre los sobrevivientes.

Las historias distópicas y las post-apocalípticas tienen muchas cosas en común entre ellas. Pero si duran lo suficiente en todas la falta de comida será un problema de primer orden. En la novela 1984, la dieta es rancia y beben la Ginebra de la Victoria para soportar los días. La comida es un tema que rodea a la historia. En el capítulo VIII, por ejemplo, dice:



Nunca había bastante comida. Recordaba las largas tardes pasadas con otros chicos rebuscando en las latas de la basura y en los montones de desperdicios, encontrando a veces hojas de verdura, mondaduras de patata e incluso, con mucha suerte, mendrugos de pan, duros como piedra, que los niños sacaban cuidadosamente de entre la ceniza.
En la novela La Carretera (llevada al cine en 2009) el tema de la comida va mucho más lejos. En un mundo destruido por un cataclismo impreciso de la naturaleza, un padre y su hijo huyen hacia el sur de su país siguiendo a una zigzagueante carretera como única salvación posible. El mundo como tal ha desaparecido 10 años atrás y solo quedan sus ruinas. Los dos sobreviven encontrando miserias en casas abandonadas y escondiéndose en el bosque. Un inenarrable horror los amenaza todo el tiempo. Hay bandas de hombres decididos conseguir comida a cualquier precio. Se han vuelto caníbales:



Los juegos del hambre
Si van al cine estos días podrán observar que hay unas largas filas pobladas mayormente por adolescentes y jóvenes. Hay a razón de 7 adolescentes/jóvenes por cada 3 adultos (+35 años). No es una encuesta científica ; ) pero es lo que se percibe a primera vista: son todos -25 años. Esperan para ver Los juegos del hambre, una nueva historia distópica que se estrenó el jueves 23 de marzo y que recaudó en EE.UU 155 millones de dólares en sus primeros días, haciendo de este estreno el más exitoso del año y el tercero más exitoso de toda la historia del cine. Los juegos del hambre suceden en algún momento del futuro cuando un gobierno totalitario llamado Capitolio controla la vida paupérrima de una población dividida en 12 distritos que conforman el territorio. 75 años después de de haber sido sometidos y como mecanismo para evocar los días negros, cautivar a las masas y al mismo tiempo permanecer como un poder amenazante, el gobierno realiza un reality game anual al que llama Los juegos del hambre. Una competencia donde se enfrentan dos participantes por cada distrito-un varón y una mujer- de entre 12 y 18 años, en una lucha a muerte en la que solamente uno podrá sobrevivir.

La historia original fue escrita por Suzanne Collins y publicada por primera vez en setiembre de 2008 con un gran éxito. En todo el mundo se habla de esta historia como una libro adulto-juvenil, un libro que habla del hambre y la lucha por sobrevivir.

Hoy los cines están llenos de gente joven que quiere ver esta distopía donde las personas pelean por sus alimentos en una competencia cruel. Al parecer los adultos optan por otras alternativas en el cine. Parecen no estar tan interesados en estas historias fantasiosas, no creen en ellas. Una posibilidad es que los adultos saben que tienen disponible poco tiempo por delante para esperar cambios sustanciales -tienen experiencia en la velocidad de los procesos- por lo que no desarrollan ninguna expectativa verdadera de que el futuro sea demasiado distinto del presente, ni para mejor, ni para peor. En cambio, los más jóvenes, tienen por delante lo que perciben como un tiempo infinito. Entonces el porvenir puede ser un lugar mejor, pueden aspirar a una utopía. Pero también saben que puede ser un lugar mucho peor, donde falte hasta la comida y tengan que pelear por ella, una distopía terrible.

Fuente cukmi

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